El día que ‘El Albatros’ se aficionó al rugby

Brian O'Driscoll

El conflicto irlandés vive hoy momentos de calma, pero no siempre fue así. En 1920, la verde Irlanda llevaba dos años inmersa en una cruenta guerra de guerrillas y durante los meses anteriores los dirigentes del Ejército Republicano Irlandés habían intensificado su ofensiva contra el Ejército Británico y los paramilitares.

El 21 de noviembre de ese año, el ministro irlandés de Finanzas y cabeza de la Hermandad Republicana Irlandesa, Michael Collins, ordenó el asesinato de todos los miembros del The Cairo Gang, 18 altos cargos del Servicio de Inteligencia Británica enviados para infiltrarse en las organizaciones nacionalistas irlandesas.

Los asesinatos causaron un gran revuelo y provocaron la rabia de las formaciones probritánicas, pero los dublineses no cambiaron su tradicional rutina de domingo y, tras la misa matinal, por la tarde acudieron casi 10.000 personas a Croke Park -el estadio más grande del país y sede de la Asociación Atlética Gaélica (GAA)- para ver el partido de fútbol gaélico (un extraña mezcla entre fútbol y rugby) entre los equipos de Dublín y Tipperary.

A los pocos minutos del comienzo del encuentro, un grupo de paramilitares y policías irrumpió en el estadio y comenzó a disparar indiscriminadamente contra los espectadores como represalia por los asesinatos de la madrugada, provocando el pánico entre el público y la huida masiva de la gente. Esta matanza se conoce desde entonces como el Domingo Sangriento (Bloody Sunday). Aquella tarde, las balas de las fuerzas británicas dejaron como resultado catorce civiles muertos y cerca de setenta heridos.

Este acontecimiento fue el principio del fin del Imperio Británico en Irlanda, dañando su credibilidad en la esfera internacional y levantando la antipatía de todos los irlandeses. Desde aquel momento, Croke Park se convirtió en el símbolo del nacionalismo irlandés, así como el templo de los deportes irlandeses (el fútbol gaélico y el hurling), y la participación de equipos ingleses en este estadio fue vetada para siempre.

La llama del odio entre los dos pueblos se mantuvo viva con el conflicto del Ulster (en enero de 1972 se produjo un 2º Domingo Sangriento con la matanza de 14 manifestantes pacíficos en Derry). Durante las últimas décadas los duelos anuales entre los equipos de Irlanda e Inglaterra en el Torneo de las 5 Naciones de Rugby tenían una carga emocional que transcendía el mero acontecimiento deportivo.

Y así fue durante décadas hasta que llegó partido correspondiente al Torneo de 2007. El partido de aquel año iba a ser muy diferente ya que, por primera vez en más de un siglo, el escenario no iba a ser Lansdowne Road: las autoridades derrumbaron el viejo estadio y en su lugar se empezó a construir uno nuevo. Mientras se realizaban las obras se decidió que los partidos de rugby de Irlanda se jugasen en Croke Park, el otro estadio de la ciudad.

La decisión trajo consigo la polémica: en el 5 Naciones de ese año, el equipo de Inglaterra pisaría la ‘tierra sagrada’ de Croke Park. Y lo que era peor, el himno inglés God Save the Queen sería interpretado por la banda del Ejército Irlandés en el mismo lugar donde las fuerzas de seguridad británicas habían perpetrado una masacre aún recordada.

El día del partido todos los jugadores salieron al campo ante 82.300 espectadores que comenzaban a caldear el ambiente aplaudiendo su entrada. En un deporte como el rugby basado en el respeto, ¿cómo reaccionaría el público irlandés cuando en su templo empezase a entonarse God save our gracious Queen…? ¿Qué más harían en los próximos minutos?, ¿provocarían altercados?, ¿se ensuciaría, en definitiva, el buen nombre del rugby por temas ajenos a él?

Permitidme que os cuente lo que pasó siguiendo la imagen del vídeo que podéis ver aquí para terminar con la piel de gallina.

Los jugadores de ambos equipos se pusieron en línea, la banda empezó a tocar el himno británico y el público y los jugadores ingleses comenzaron a cantarlo al unísono. El público irlandés permaneció en completo silencio durante toda la interpretación y al acabar comenzó a aplaudir. Un sonoro aplauso de todo el estadio, sin fisuras, la mejor manera de mostrar que las heridas del pasado no se curan con odio, sino con respeto, y que ésta precisamente es la seña de identidad del rugby.

Poco después llegó el momento de los himnos irlandeses, el instante de homenajear a los suyos, y para ello aquel día se interpretarían los dos himnos de la isla: el himno de la República de Irlanda -el Amhrán Na bhFiann (La canción del soldado)- y el Ireland’s Call (La llamada de Irlanda), himno de la Federación Irlandesa que representa a los jugadores de toda la isla, incluyendo también a los norirlandeses británicos.

El primer himno irlandés empezó a sonar y el estadio entero se puso a cantar a pleno pulmón. Al final de la interpretación, John Haves muestra sus primeras lágrimas. El público ruge y la cámara enfoca a la Primera Ministra de la República de Irlanda y al Secretario de Estado del Ulster, que aplauden los dos.

Y entonces se escuchan las primeras notas del Ireland’s Call. El público empieza a entonar la canción mientras la cámara repasa las caras de los jugadores, uno por uno. Shane Horgan canta con entereza. En la primera llamada, John Haves, entre lágrimas, vocea “Ireland, Ireland, together standing tall”, seguido a su lado por un O’Driscoll que tiene la mirada perdida. Justo en la segunda llamada el plano se para, entre dos gigantes, en el pequeño Stringer, que entona el estribillo con los ojos cerrados y la cabeza erguida hacia el cielo. El himno acaba entre abrazos de los jugadores, todos con los ojos vidriosos, mientras el público enfervorizado aplaude y corea a los suyos, conscientes todos ellos de que acababan de cerrar un capítulo negro de la historia de la mejor manera posible.

¿Y el partido? El partido podría ser lo menos importante después de la gran lección del preludio. Pero no. Fue su apoteosis, su mejor epílogo, aquel día entraría en los libros de historia no sólo por un silencio, sino también por la mayor victoria de la historia de Irlanda sobre Inglaterra. Durante el partido, en cada placaje, cada melé, cada ruck y cada carrera se notó la emoción del momento de los himnos, la marea verde mostró una pasión pocas veces vista en un terreno de juego.

El XV del Trébol parecía una apisonadora: su delantera se imponía en todos los agrupamientos, su línea de Tres Cuartos cortaba la línea rival como si fuese mantequilla y el pie de Ronan O’Gara estuvo sublime durante todo el partido; mientras que los ingleses, que ostentaban el título de campeones del mundo, se veían desbordados en todos los lances del juego. El resultado final, 43-13, no deja lugar a dudas.

87 años después, las heridas abiertas aquel domingo de noviembre empezaron a cicatrizarse; y los aplausos, la admiración y el respeto consiguieron acallar para siempre el eco de las balas que durante tanto tiempo había retumbado en las gradas de Croke Park.

Ese día, señoras y señores, con los pelos como escarpias, El Albatros se aficionó al rugby de por vida…

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