La historia de Wilton Connor: cuando la estupidez humana no tiene límites

Wilton Connor (Foto: Dailymail.co.uk)

Una de las grandes lacras que tiene el fútbol actual es el racismo. De hecho, todavía están frescas las imágenes de Dani Alves comiéndose un plátano que le habían tirado desde la grada en El Madrigal, un hecho que dio la vuelta al mundo.

Esas imágenes de Dani Alves comiéndose un plátano o de Samuel Eto’o abandonando La Romareda como respuesta a insultos racistas son escenas bastante desagradables que no deberían producirse. Los gestos del brasileño y el camerunés han dado la vuelta al mundo y sirvieron para que se relanzaran campañas para erradicar el racismo. Sin embargo, en otras ocasiones nos encontramos ante historias que cuentan con un final algo diferente y que apenas ocupan unas breves líneas en los diarios. Es el caso de Wilton Connor, un futbolista inglés que hace unos meses sufrió un auténtico calvario tras ser víctima de la violencia de unos verdaderos descerebrados.

La historia de Connor arranca en las Islas Británicas. Allí inicia su etapa como futbolista y, al igual que tantos y tantos jugadores, por diferentes factores no consigue llegar a consolidarse en una categoría profesional, por lo que se convierte en un jugador más de los cientos que practican el fútbol de forma semi profesional. Fuera de los terrenos de juego, este británico tiene una vida más o menos cómoda que comparte junto a su esposa Andreea, una chica rumana que le conquistó el corazón y su verdadera pasión para afrontar el día a día de su vida.

Tras tener su primer hijo y con el segundo en camino, Connor toma una importante decision: irse a Rumanía para vivir con su esposa y ganarse la vida de la forma que pudiera. Así, la feliz pareja se trasladó hasta la ciudad de Salaj, donde la familia de la mujer dispone de un negocio familiar. En esa localidad, nuestro protagonista colabora con la familia de su esposa y se gana la vida haciendo pequeñas obras. En otro país, con otra cultura y otra lengua, Connor no se encuentra realmente feliz. Aunque eso cambió el día que se encontró con la plantilla del Gloria Ban. Este equipo, que militaba sin pena ni gloria en la quinta división de Rumania, decidió dar una oportunidad al jugador, quien comenzó a entrenar y a jugar con este modesto club. Connor volvía a ser feliz dando patadas a un balón.

La historia, incluso, tiene su toque épico. De la mano del jugador británico, el cuadro rumano pasó de ser una mera comparsa a ser uno de los grandes protagonistas de la competición rumana. Sus discretos resultados quedaron relegados al olvido y el equipo empezó a competir por cotas más altas. La calidad del único jugador inglés de la quinta división rumana se notaba sobre el terreno de juego y se plasmaba en los resultados de su club, quien comenzaba a ilusionarse con vivir una época gloriosa que, tal vez, acabara con algún ascenso a una categoría superior.

Pero no todo es color de rosa. De hecho, llegados a este punto la historia se vuelve macabra y más propia de una película de Tarantino que de la vida real. Hace unos meses, tras una victoria liguera, los futbolistas del Gloria Ban acudieron al bar al que siempre solían ir a celebrar los triunfos. Esa noche el pub estaba completamente atestado de gente, incluidos hinchas del equipo. Unos aficionados que no veían con buenos ojos que su estrella, ese jugador que había provocado el salto de calidad de su equipo, no hablara rumano. Estos hinchas, afectados por la bebida pero predispuestos a la violencia de antemano, atacaron al jugador. Y lo hicieron de una forma feroz y bochornosa… a hachazos. Tal como suena. Estos neandertales no tuvieron mejor idea que agredir al futbolista con un hacha, un ataque tan desproporcionado como grave, ya que el británico quedó herido casi mortalmente. No contentos con casi matar al jugador, también la emprendieron con su coche, que quedó totalmente destrozado.

Afortunadamente, tras varias semanas de recuperación junto a su familia, Connor pudo salir del peligro y retomar su vida. Su club, el Gloria Ban, emitió un comunicado en el que condenó la actitud de esos descerebrados hinchas y prestó toda su colaboración a la policía para perseguir y encontrar a estos racistas que atacaron al único futbolista inglés de la quinta división rumana y que son, probablemente, el penúltimo ejemplo de esa frase que dice que “la estupidez humana no tiene límites”.

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