Canalladas: Hugo Koblet, un verdadero dandi del ciclismo

Hugo Koblet (Foto: alchetron.com)

El público que copaba las calles de Agen no paraba en sus gritos de ánimo a Hugo Koblet, un ciclista suizo que el año antes había hecho historia al convertirse en el primer corredor extranjero en conquistar el Giro de Italia. El helvético había saltado del pelotón como una exhalación y se dirigía con paso firme hacia la línea de meta. Tras la última curva, Koblet supo que iba a ser el ganador de la etapa. Sacó su esponja húmeda y un peine, lavó su cara, se peinó y atravesó la raya de llegada con los brazos en alto. El presumido ciclista no era un arrogante, simplemente era un dandy a quien le importaba mucho su estado, a grosso modo era un metrosexual de los años cincuenta. A renglón seguido, el elegante ciclista tomó un cronómetro y se puso a esperar al gran grupo, que atravesó la línea de meta de Agen dos minutos y veinticinco segundos después. Acababa de conseguir su gran victoria como profesional.

El valor real y la intrahistoria de esta victoria no se conoció hasta algunos años después. Y es que aquel 15 de julio de 1951 nadie sabía que Hugo Koblet estaba logrando la victoria del orgullo sobre el miedo. Un éxito fraguado en la jornada previa, cuando en la décima etapa del Tour de Francia había vivido un infierno sobre la bicicleta. Más de doscientos kilómetros sin casi poder sentarse en el sillín de su bici debido a un forúnculo que tenía en su trasero. Tras finalizar la etapa, el director de su equipo, Alex Burtin, había llevado a dos médicos al hotel de concentración del equipo suizo (en aquella época eran las selecciones nacionales las que competían en la carrera francesa) con mucho sigilo. Los doctores fueron claros con su veredicto: “Hay que sajar el grano”. Una medida que rechazaban los suizos ya que esa operación suponía que Koblet pusiera punto y final a su participación en el Tour de Francia. Tras varias deliberaciones, y ante la insistencia del corredor y su director de no pasar por el quirófano, uno de los doctores propuso la solución definitiva: “Se pueden utilizar supositorios de cocaína”. En una época en la que no existían los controles antidoping, Burtin y Koblet aceptaron esa medida como vía para poder mantener intactas sus opciones de brillar en la ronda gala.

“Al día siguiente le dije a Hugo que intentara pasar la etapa lo más tranquilo posible”, recordó su director algunos años más tarde. Sin embargo, Koblet no actuó como se esperaba y cuando apenas se habían disputado cuarenta kilómetros saltó del pelotón. El francés Louis Deprez trató de seguirle en primera instancia, aunque poco después cedería ante la fortaleza del suizo. En principio los grandes favoritos (Coppi, Bartali, Ockers…) no dieron importancia al ataque del corredor suizo ya que se encontraba a 140 kilómetros de la línea de llegada. Un pensamiento que también compartía Alex Burtin, quien tiempo después confesaría que “cuando los jueces me dejaron paso aceleré el coche para acercarme a él y echarle la bronca por su desobediencia. Pero no pude hacerlo. Me quedé perplejo. Estaba rodando muy concentrado, a tope, con un pedaleo redondo y perfecto, tirando de los talons, con los codos doblados y pegados al cuerpo y la cabeza metida en el manillar. Iba a echarle la bronca pero no pude. Durante algunos kilómetros conduje detrás de él, admirando su forma de correr y sin acercarme a él para no romper la magia de aquella escena. Tras un rato me puse a su altura y le hablé por la ventanilla. “Hugo, ¿qué haces?”, y el me respondió sin inmutarse: “No lo sé”. “¿Hasta donde piensas seguir a esta velocidad?” le maticé. Y entonces me miró, me sonrió y me respondió: “Hasta la meta, claro”.

Su triunfo en la ronda gala

Con el transcurrir de los kilómetros llegaron los nervios al pelotón hasta el punto de provocar que los primeros espadas alcanzaran un acuerdo para ponerse a tirar del grupo ellos mismos con el objetivo de reducir la diferencia con Koblet. Más de cien kilómetros de batalla entre una jauría de líderes tirando a muerte y un suizo defendiendo su renta con uñas y dientes. El final ya lo saben. Llegada a Agen, la esponja húmeda, el peine, la victoria y los más de dos minutos a su favor. A pesar del triunfo, no fue ese el día en el que el ciclista suizo se enfundaría el maillot amarillo que porta el líder de la ronda gala. Eso llegó tres días más tarde, cuando en una etapa en la que tuvo que pasar el Tourmalet, Aspin y Peyresoure, consiguió la victoria de etapa doblegando a su compañero de fuga aquel día: Fausto Coppi.

Pocos días después, Koblet entró triunfal en París. Había conquistado su primer (y único) Tour de Francia. Veintidós minutos de ventaja sobre Germiniani, segundo clasificado, y veinticuatro a Lazaridés, tercero. Bartali se quedó a media hora, mientras que Fausto Coppi se dejó cuarenta y siete minutos. Le pédaleur de charme, sobrenombre con el que era conocido, había puesto la guinda a un año excepcional en el que también fue capaz de doblegar a Coppi en el Gran Premio de las Naciones.

Pero ese año también supuso el inicio del fin para el ciclista helvético. Rodeado de lujos y excesos, Koblet finalizó la temporada y se fue de vacaciones a México. Tras su regresó nada fue igual. Había contraído una enfermedad venérea que acabó afectando a su rendimiento. A pesar de conseguir varias victorias de prestigio antes de dejar el ciclismo, el suizo no volvió a realizar exhibiciones como las que había conseguido en 1950 y 1951, años en los que había logrado sus más notables triunfos.

Tras retirarse, Koblet probó suerte con varios negocios en Suiza y Venezuela. Aunque estos no le fueron demasiado bien y en pocos años dilapidó sus ganancias y contrajo deudas. Aunque lo más duro para él fue ver como gente que estaba a su lado durante los años de bonanza le daban la espalda en sus horas más bajas. Tampoco iban bien las cosas con Sonja Bühl, su esposa desde 1953. Por todo ello, cuando el 6 de noviembre de 1964 falleció tras un accidente de tráfico en el que su Alfa Romeo se estrelló contra un árbol, fueron muchas las personas que dudaron de lo accidental del incidente. Fue el inicio de la leyenda de Koblet, ciclista veloz que celebraba sus victorias tras lavar su cara y peinarse. Un verdadero dandi del ciclismo.

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