Ídolos: ‘Bobby Fischer’ y su leyenda

Bobby Fischer

A El Albatros siempre le han gustado las biografías, pero las meritorias, no las que nos abruman en los últimos años. En su descubrimiento personal del deporte y de sus peculiares reglajes, recuerda con especial cariño algunas biografías que tuvo la oportunidad de leer cuando era más joven.

Los recuerdos de una de ellas (y un poco de documentación extra) dan lugar a este artículo. ¿Quién es el mejor jugador de ajedrez de la historia? Probablemente, el gran Gari Kaspárov. No hay más que repasar sus estadísticas y records, e incluso el personaje estaba y está a la altura de su categoría como ajedrecista.

Casi medio siglo antes del incontestable dominio del mago de origen armenio, concretamente en 1943, nació en una familia judía estadounidense Robert Fischer. No fue un ejemplo de niño prodigio del ajedrez ya que tardó bastante en situarse al primer nivel. Cuando se hizo adolescente se convirtió rápidamente en un icono demostrando una madurez y determinación que asombraron al mundo y engrandecieron este deporte. Pero eso fue más tarde, todavía siendo un niño Fischer se convirtió en campeón de EEUU con apenas 14 años. Ya en los gloriosos años 60, la extinta Unión Soviética dominaba a placer el deporte del ajedrez, llevaban desde 1948 acaparando todos los campeones y subcampeones del mundo y arrasaban en las Olimpiadas de ajedrez que se jugaban por equipos. Durante esos años, el genio americano desafió el poderío soviético con sus frecuentes bravuconadas e increíbles resultados. Esto es más meritorio de lo que parece, ya que llegó al máximo nivel con recursos limitados, en una época en la que la información ajedrecística, particularmente la que llegaba a los EEUU, era mínima y en muchos casos obsoleta, sin entrenadores, no como en el caso de los jugadores soviéticos que recibían apoyo oficial y contaban con la ayuda de potentes programas de juego y bases de datos.

Algunas de las excentricidades del genio Fischer pasaron a la historia del deporte y labraron su leyenda. En 1961, con 17 añitos se enfrentó en un match directo a Reshewsky, el veterano gran maestro americano. Tras 11 partidas el resultado era empate a 5½ y cuando los organizadores decidieron cambiar la hora de la partida 12 por diversas circunstancias (un concierto de un violinista), Fischer se negó a jugar porque tenía la costumbre de levantarse tarde y perdió por incomparecencia. Tampoco se presentó al resto de partidas en Nueva York y perdió el match. No volvió a perder un match individual y durante esos años demostró un increíble control de la psicología y del entorno que rodeaba al juego, en dichos duelos individuales.

En otra ocasión, comentó a un periodista hablando sobre el campeón ruso Botwinnik: “Es el campeón mundial, pero no es tan fuerte, ya que tiene 52 años”. De hecho, el ruso tenía 50 años, pero Fischer aclaró que “estaba pensando en la edad que tendría cuando yo me enfrente con él para el Campeonato del Mundo”. Precisamente una decepcionante actuación en el Torneo de Candidatos en 1962 lo dejó fuera de la posibilidad de disputar el título. Fischer jugó por debajo de sus posibilidades y terminó sorprendentemente en 4º lugar, detrás de los maestros soviéticos. Posteriormente, denunciaría en un artículo que éstos jugaban en equipo, asistiéndose, y haciendo tablas fáciles entre ellos para repartirse los puntos y no cansarse, con el objetivo de asegurar que ningún jugador occidental ganara el torneo. Las acusaciones de Fischer nunca pudieron probarse, pero poco después la Federación Internacional de Ajedrez cambiaría las reglas del Campeonato del Mundo, sustituyendo el sistema del Torneo de Candidatos por el de los enfrentamientos individuales.

Su aspecto de chico del norte, su gusto por los trajes y corbatas (que comparto), su sillón con ruedas, eran la carta de presentación de una superioridad asombrosa y una personalidad arrolladora, irreverente e iconoclasta, ya era un mito y todavía no había sido campeón del mundo. No obstante, su trascendencia iba más allá de sus triunfos. Después de varios años de intermitencias y retiros temporales, en 1967 se presentó al Interzonal de Sousse en una nueva acometida por el título mundial. A mitad del torneo, cuando Fischer encabezaba la clasificación claramente decidió sorpresivamente abandonar el torneo, aduciendo un calendario demasiado cargado. En ese campeonato cabe destacar su partida frente a Reshewsky, en la que Fischer apareció en la sala de juego pocos minutos antes de perder por incomparecencia, y con la mitad del tiempo asignado en su reloj derrotó con relativa facilidad a su antiguo adversario.

Velocidad del juego

Otra de las características que distinguían a Fischer era la velocidad de su juego. Rara vez se encontraba con apuros de tiempo, pues casi siempre jugaba de manera sistemática y veloz. No es de extrañar entonces que se convirtiera en uno de los mejores jugadores de partidas rápidas. En 1970 se disputó en Herceg Novi (Montenegro) el torneo de partidas rápidas más importante, hasta ese momento, de la historia. Fischer triunfó al lograr 19 de los 22 puntos posibles sobre rivales muy fuertes, como los ex campeones mundiales Tal, Petrosián y Smyslov. Sólo Fischer y Tal fueron capaces de reproducir de memoria, una vez terminado el torneo, las partidas que habían jugado.

Ese mismo año se celebró en Belgrado el match entre la URSS y los mejores jugadores del resto del mundo. Bobby Fischer accedió a jugar en el segundo tablero, cediendo el primero al danés Bent Larsen, que había obtenido mejores resultados en los meses anteriores, pues el estadounidense había permanecido inactivo. Fischer se enfrentó a Petrosián, el subcampeón mundial, a quien venció claramente por 3 a 1, dos victorias y dos tablas. Los soviéticos ganaron pero Fischer lideró a modo de Ryder Cup la nueva armada.

En 1970, Fischer arrasó a todos sus rivales en un Torneo en Palma de Mallorca, ganando consecutivamente las últimas 6 partidas. Posteriormente, en pleno apogeo de su fuerza, arrollaría en las partidas de Candidatos a los grandes maestros Taimánov y Larsen, dejando a ambos en cero en sus respectivos enfrentamientos. Estas palizas eran muestra de una superioridad desconcertante y marcaban un hito en la historia de este deporte en el que, al más alto nivel, el empate es un resultado natural y el desequilibrio para uno de los contrincantes, cuanto menos, difícil. En la antesala del Campeonato del Mundo, en Buenos Aires, Fischer batió con claridad a Petrosián por 6 ½ a 2 ½. Todo estaba listo para el duelo por el Campeonato del Mundo donde se enfrentaría al casi imbatible Boris Spassky, de 34 años, en lo que se denominó el encuentro del siglo, que se celebraría en Reykjavik (Islandia), país que acogió a Fischer cuando EEUU le canceló su pasaporte y donde falleció en 2008.

El rival para el prodigio estadounidense no era sólo Spassky, un espléndido jugador al que Fischer no había podido vencer antes del match, sino la poderosa estructura de ajedrez de la Unión Soviética. El ajedrez, en definitiva, era una cosa muy seria en la Unión Soviética, con importantes implicaciones políticas, pues sus frecuentes triunfos eran considerados una prueba de la superioridad del régimen; no podían permitirse, en consecuencia, perder el título a manos de un aspirante de Estados Unidos. Botvinnik puso a disposición del equipo de Spassky un análisis exhaustivo de las partidas de Fischer: Bondarevsky preparaba la parte técnica, Geller el repertorio de aperturas, Krogius la asistencia psicológica… El match no podía ser, por sus circunstancias particulares, un mero evento deportivo. Se enfrentaban dos maneras muy distintas de entender el mundo y que aspiraban a la supremacía. Por unos meses el tablero de ajedrez focalizó un capítulo más de la Guerra Fría. Fischer perdió las dos primeras partidas, la segunda por no presentarse. Incluso Nixon lo llamó para que no abandonase. Parecía que Spassky retendría el título para el ajedrez soviético; pero Bobby venció en la tercera, y desde la quinta, se impuso rotundamente al campeón soviético. Después de un tenso desarrollo, Fischer venció a su rival tras 21 partidas (Spassky abandonó la partida decisiva mientras su contrincante dormía en el hotel) y se coronó campeón mundial el 1 de septiembre de 1972 con un total de 7 partidas ganadas, 3 perdidas y 11 tablas. Ha sido el único estadounidense en la historia en conquistar el título.

Curiosamente, apenas unos cuantos días después nació el que escribe, que aprendió a jugar al ajedrez admirando a Bobby Fischer.

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