Jonny Wilkinson: ganar o ganar

Jonny Wilkinson

Siempre me he preguntado por qué algunos de nosotros nos vemos frecuentemente abocados a interminables noches en vela, a bucear entre nuestros pensamientos e inquietudes en busca de una razón fehaciente de tal devenir incomprensible.

Una de esas noches de las últimas semanas recordé la historia de un niño inglés que antes de hacerse mayor y de convertirse en Jonny Wilkinson (probablemente el mejor jugador de rugby de todos los tiempos), vivió noches en vela angustiado por la amenaza constante de perder, de fallarse a sí mismo. Ese niño transformaba su espíritu deportivo en un estrés irrefrenable y un fuerte impulso de no ir al partido del día siguiente.

Las noches eran para ese niño un suplicio insoportable que sólo conseguía aplacar cuando sonaba el despertador a primera hora de la mañana y se subía al carro de los que empezaban su día de forma rutinaria. De adolescente aprendió que conseguía calmarse y afrontar los partidos con cierta determinación si repetía un ritual consistente en tirar veinte patadas a palos desde diferentes puntos del campo y unos cuantos drops con cada pie. Otro genio incomparable del deporte, Drazen Petrovic, pasaba horas y horas antes y después de entrenar hasta completar series interminables de tiro a canasta.

Unos cuantos años más tarde, con 24 años, concretamente el 22 de noviembre de 2003, sonó el despertador en la habitación de un hotel de Sidney. Jonny Wilkinson apenas había dormido porque iba a afrontar el partido más importante de su vida, la final de la Copa del Mundo contra los anfitriones australianos (los wallabies). Cuentan que un compañero de Wilco pasó una nota por debajo de su puerta con el título: “Inglaterra-Australia, Jonny Wilkinson, Cap 52”. Era un listado de frases de sus compañeros del Quince de la Rosa en el que le explicaban brevemente lo que esperaban de él ese día: “No falles un solo placaje”, “Lucha por lo que te mereces”, “Queremos el drop de la victoria”… Jonny desayunó ese día histórico haciendo comentarios sobre las frases de la nota, visualizando lo que sería su final soñado, imaginando el partido.

La rutina pre-partido no cambió ese día, repitió sus tiros a palos y los drops con sus dos piernas: estaba preparado.

Otra nota le llegó durante el calentamiento de parte de un antiguo entrenador y amigo. Era la reproducción de un discurso del General Patton a sus tropas: “Hoy debéis hacer más de lo que se pide de vosotros. Nunca penséis que habéis hecho lo suficiente hasta que el trabajo esté acabado. Siempre hay algo más que se puede hacer para conseguir la victoria. Nunca dejéis a nadie a cargo de motivaros. Debéis poder hacerlo vosotros mismos. Debéis poseer esa chispa de iniciativa personal que distingue al líder de los que son liderados. La habilidad de motivarte bebiendo de tu interior es la clave para estar un paso por delante del resto y distinguirte de los demás. Una vez lo consigues, ya no hay límites. Buscad siempre la manera de mejorar. Buscad al guerrero que lleváis dentro y sacadlo en el campo de batalla”.

Fue entonces, justo antes del partido, cuando aquel niño agobiado por la ansiedad y preso de la responsabilidad se convirtió en el jugador perfecto, perfeccionado y perfeccionista y, cuando llega el momento de empezar el partido, Wilkinson sólo veía una palabra en su cabeza: GANAR. En su arenga previa a sus amigos y compañeros, sus palabras llevaban la impronta de su carisma. “Es nuestra hora, nuestro momento. El año pasado le ganamos a todo y a todos. Es este pensamiento el que quiero que retengáis en vuestras cabezas. Es el partido de nuestras vidas y no quiero remordimientos después”.

Lo que pasó después es más conocido por todos. Ese día, con 17-17 en el marcador y con el tiempo de prórroga prácticamente cumplido, Wilkinson acertó a clavar el drop más famoso de la historia del rugby entre las torres de palos y dio a Inglaterra el primer entorchado mundial de su historia, el único de los 7 disputados en el que un equipo del Hemisferio Norte ha batido a los monstruos del Hemisferio Sur.

Pensando en aquella historia, en aquel drop y en aquel niño, me dormí esa noche cercana con la sensación de que cada uno de nosotros debe buscar su momento, su tiro a palos y su victoria, al menos alguna vez en su vida.

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