Canalladas: La dramática obsesión de Kokichi Tsuburaya

Kokichi Tsuburaya (Foto: commons.wikimedia.org)

Imagino que el atleta japonés Kokichi Tsuburaya se pasaría la madrugada del 8 al 9 de enero de 1968 en vela repasando en su cabeza el largo y duro caminar que le había llevado hasta ese momento. Tsuburaya debió recordar sus inicios en el mundo del atletismo, cuando se convirtió en uno de los mejores fondistas del país nipón y fue seleccionado para representar a su país en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 con la misión de conseguir una medalla en atletismo, algo que se le resistía a los nipones desde la cita de Amsterdam en 1928.

La cita olímpica en territorio japonés era una cuestión de orgullo y dignidad para Japón, que pretendía organizar los mejores Juegos Olímpicos y, de paso, enseñarle al mundo que podía competir ante cualquier rival. Por ello, las buenas actuaciones de este miembro de la Fuerza Militar de Autodefensa le habían convertido en un referente de su país para los Juegos Olímpicos de 1964.

Kokichi Tsuburaya era consciente de sus virtudes y por ello se entrenó duramente con el objetivo de asaltar el podio en la prueba de maratón. Además, y a modo de entrenamiento, el joven atleta japonés también participaría en la prueba de los 10.000 metros. A pesar de haber disputado esta última con el único objetivo de hacer pruebas de cara a la carrera reina de los Juegos Olímpicos, Tsuburaya finalizó en una meritoria sexta posición. Eso hizo que Japón se ilusionara ante la posibilidad de conseguir un metal en la gran prueba de las Olimpiadas. Y probablemente la autoconfianza del atleta de Sukagawa (en la región de Fukushima) fuera en aumento tras ver sus prestaciones en los 10.000 metros.

La carrera

A priori, la maratón tenía a dos grandes favoritos. El plusmaraquista mundial del momento, el británico Basil Heatley, y al campeón olímpico vigente, Abebe Bikila, aquel etíope que cuatro años antes había ganado la prueba reina de los Juegos Olímpicos de Roma entrando descalzo en la meta. Precisamente en Bikila recaía uno de los interrogantes de la prueba ya que nadie sabía en qué estado de forma llegaría a la cita, porque había sido operado de apendicitis cuarenta días antes de la carrera. A pesar de ese hándicap, el etíope hizo buenos todos los pronósticos y conquistó la medalla de oro con un tiempo de 2h:12:11, lo que fue récord del mundo.

Cuatro minutos después de la exhibición de Bikila, el atleta local Kokichi Tsuburaya hizo su entrada en el estadio. Los casi 80.000 aficionados que abarrotaban el Estadio Olímpico de Tokio estallaron de alegría al ver a su compatriota. Debió de ser un momento muy duro para Tsuburaya. El atleta nipón había realizado un esfuerzo notable durante la carrera y en los últimos kilómetros iba al límite de sus fuerzas, lo que había hecho que Basil Heatley le fuera recortando la distancia hasta que, en el propio estadio, consiguió adelantarle. Tsuburaya finalizó en tercera posición en aquella maratón y aunque los aficionados japoneses le aclamaban como a un héroe, él se sentía derrotado y humillado. “He cometido un error imperdonable ante todo el país, me he confiado demasiado, y sólo obtendré el perdón si gano el oro en México’68”, confesó a su compañero de habitación, el atleta Kenji Kimihara, tras la entrega de medallas.

El principio del fin

La presea de bronce fue bien recibida por las autoridades del país del sol naciente ya que vieron la posibilidad de conquistar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de México 68. Por ello, la Junta de la Fuerza Militar de Autodefensa a la que Tsuburaya pertenecía le diseñó un duro plan de entrenamiento para los siguientes cuatro años. A pesar de que durante todo el tiempo que durara la preparación para los Juegos Olímpicos (cuatro años) estaría sin ver a su novia, familia y amigos, Tsuburaya aceptó las órdenes sin protestar. No en vano, conseguir la medalla de oro en México se había convertido en una obsesión para el atleta japonés desde que Heatley le adelantara en la recta de llegada en la prueba reina de los Juegos Olímpicos de Japón.

Durante tres años el plan transcurrió según lo previsto con Tsuburaya enclaustrado en las dependencias del centro de entrenamiento. Sin embargo, a los tres años de iniciar su preparación y debido a la gran carga de trabajo, el atleta empezó a sufrir lesiones y enfermedades, como una lumbalgia aguda que le mantuvo ingresado en el hospital durante tres meses. Al regresar a los entrenamientos, Tsuburaya intentó recuperar el tiempo perdido, no en vano restaba menos de un año para la cita olímpica de México. Sin embargo, tras abandonar el hospital, el nipón comenzó a percatarse de que su cuerpo ya no respondía igual, que sus piernas no asimilaban correctamente la carga de trabajo y que el dolor no cesaba. Fue durante los primeros días de 1968 cuando Tsuburaya comenzó a entender que ganar la medalla de oro en México iba a ser una misión imposible. Y entonces se derrumbó. No cumpliría con la misión encomendada por sus superiores, ni podría responder positivamente a las expectativas que habían puesto en él los japoneses, y lo que más le dolía: no podría lavar su honor tras la deshonra sufrida en 1964 cuando Heatley le adelantó en la recta de meta.

Todas esas circunstancias fueron una bomba de relojería que estallaron aquel 9 de enero de 1968. Derrotado, frustrado y humillado, Tsuburaya recurrió a la tradición de los guerreros samurais, quienes se hacían el harakiri cuando fallaban o veían su vida deshonrada por una falta. Para ellos era mejor la muerte que el deshonor. Y eso fue lo que debió pasar por la mente de Tsuburaya en aquel momento. El atleta se seccionó la arteria carótida con una cuchilla de afeitar y puso fin a su vida. Antes de hacerlo cogió una hoja de papel y escribió “No puedo correr más”. Una nota tan corta como explicativa. Con solo veintisiete años, Tsuburaya dejó de convertirse en el héroe de Japón para ser una leyenda.

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