Una gesta española en Hautacam

Javier Otxoa (Foto: www.craigporter.com)

Este jueves, el Tour de Francia vivirá una espectacular jornada de ciclismo con la disputa de la 18ª etapa en la que los ciclistas deberán superar el Tourmalet y finalizarán en Hautacam, escenario de una de las más grandes gestas realizadas por un español.

La hazaña tuvo lugar el 10 de julio del año 2000 durante el transcurso de la décima etapa de aquel Tour de Francia ganado en primera instancia por el norteamericano Lance Armstrong. Fue una jornada pirenaica de 205 kilómetros en la que un modestísimo corredor español del Kelme-Costa Blanca, Javier Otxoa, logró doblegar al coloso estadounidense cuando Armstrong todavía era un ídolo de verdad y no una triste mentira. La etapa fue terrible. Más de doscientos kilómetros subiendo y bajando puertos que imponen respeto con solo mencionarlos… Marie-Blanque, Aubisque y Hautacam. Casi nada. Y todo esto en un día marcado por el frío y la lluvia, lo que le dio un toque más épico a la gesta de Javier Otxoa.

Recuerdo que aquel día me levanté de la cama y me senté frente al televisor para ver la etapa del Tour. ¡Sí amigos, hubo una época en la que TVE no maltrataba en exceso a los deportes minoritarios y realizaban una gran cobertura del Tour y de las grandes etapas de la ronda gala! Se sabía que la gran batalla sería en la parte final de la jornada, los grandes gallitos no se iban a mover en demasía y las primeras horas depararían héroes anónimos que realizarían excesos notables de gasto de fuerza para morir en la orilla, cuando las figuras del momento (Armstrong, Ulrich, Chava Jiménez, Virenque, Pantani, Escartín…) lanzaran su ataque y alcanzaran la cima de Hautacam saboreando las mieles de la victoria. Pero ese día no fue así. Sólo una vez entre mil, un corredor modesto, un gregario trabajador que inicia una fuga táctica en una etapa de las grandes logra culminar su esfuerzo en victoria. Épico, sin más.

El día arrancó con una fuga protagonizada por Nico Mattan y Javier Otxoa. El español tendría que estar por delante para cuando sus jefes de filas, Fernando Escartín y Roberto Heras, le necesitaran. Y allí estuvo. Hizo una primera demostración de fuerza en el Marie-Blanque, donde fue capaz de descolgar a su compañero de fuga. Luego, le esperó en el descenso para tener algún relevo a la hora de subir al Aubisque. Por detrás, los gigantes habían mandado a sus lugartenientes para ir preparando la gran batalla. Guerini, Botero, Mancebo, Hervé… todos trabajando para sus líderes. Armstrong, Ullrich, Zulle, Pantani, Virenque, Escartín… con el cuchillo entre los dientes. Otros, como Olano o Jalabert, ya estaban entregándose. Por delante, Otxoa se dio cuenta de que Nico Mattan le estaba frenando, que si tenía una oportunidad de ganar era marchándose en solitario. Y se fue. Dejó clavado a su compañero de fuga y coronó el Aubisque con la ilusión de hacer una gran gesta.

Pero lo peor estaba por llegar. Con el ascenso a Hautacam llegó la escasez de fuerzas al bravo corredor del Kelme. Todo lo contrario que a Lance Armstrong. El otrora gigante estadounidense marcó un ritmo infernal y fue destrozando a sus rivales. Olano, Jalabert, Pantani, Ullrich, Escartín, Zulle, Jiménez… todos fueron cediendo ante la fortaleza del tejano, que además recortaba su desventaja con Otxoa a pasos agigantados. Hoy puedo reconocer que si hubo un día en mi vida en el que me desgañité animando a un ciclista fue, sin lugar a dudas, ese día. El modesto que casi no podía, el gigante norteamericano a todo gas… y la épica de la radio con la narración de Ángel González Ucelay para Onda Cero, que también ayudaba a disfrutar de la etapa y a sentirse partícipe de ella aunque solo fuera por destrozar la siesta a los vecinos con cada grito de ánimo que lanzaba en el salón de mi casa. Algo solo repetido con la victoria de Escartín en Piau-Engaly o con el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Días de hazañas especiales.

Los últimos kilómetros fueron un suplicio, el coco estaba persiguiendo a todo un modesto que buscaba un premio que muy pocos obtienen: una etapa del Tour. Pero lo logró. A pesar de sufrir en cada pedalada, consiguió la victoria. El triunfo de David contra Goliat. Hautacam se posó a los pies de un modestísimo ciclista vasco que había sido capaz de doblegar a Lance Armstrong, el gran dominador del ciclismo de principios de siglo (hasta que se descubrió que hacía trampas). Además, aparte del premio de ganar la etapa, Otxoa se llevó otro… llevarse el maillot de líder de la montaña. Una gesta redonda.

Desgraciadamente esta historia podía haberse quedado ahí, con un final feliz y épico. Pero no fue así. Meses después, el 15 de febrero de 2001 volvió a ser protagonista, aunque en esta ocasión de forma triste. Recuerdo que aquel día estaba escuchando los partidos de la Copa de la UEFA en la que participaron Barcelona, Celta, Zaragoza, Rayo Vallecano y Deportivo Alavés (la de la final Liverpool-Alavés de la que tocará hablar algun día) cuando el periodista José María García irrumpió con la noticia: “Los hermanos Otxoa han sido atropellados en Málaga. Ricardo ha fallecido y Javier está muy grave”. Fue un jarro de agua fría. Aquellos días devoré la prensa deportiva, tanto escrita como en radio y televisión, esperando escuchar cosas positivas sobre Javier. Finalmente pudo sobrevivir y aunque el accidente le provocó una parálisis cerebral, pudo salir adelante. Y no solo eso. Tras superar los daños del accidente que le habían dejado dañado y había acabado con la vida de su hermano gemelo, Javier se convirtió en uno de los mejores deportistas paraolímpicos de todos los tiempos. Campeón de Europa, del mundo y medallista olímpico. Tal vez ese fuera su final feliz. El final que mereció el hombre que un día fue capaz de batir al otrora intratable Lance Armstrong.

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