Canalladas: El esperado regreso de los ‘magiares mágicos’

Cuarenta y seis años han pasado desde la Eurocopa de Bélgica, la última en la que tomó parte Hungría. La penúltima a partir del próximo junio, cuando participe en el campeonato que se celebrará en Francia tras haber superado la repesca ante Noruega.

Pocos equipos son tan especiales y místicos como Hungría. Todos los amantes del fútbol hemos escuchados maravillas sobre los magiares mágicos, aunque no todos hemos tenido la posibilidad de verles jugar en un gran torneo (su último gran evento fue el Campeonato del Mundo de México de 1986 cuando este que escribe apenas contaba con tres años de edad y nulo conocimiento sobre fútbol). Desde entonces los partidos de los húngaros se limitaban a encuentros de fases clasificatorias en los que siempre perdían y algunos amistosos, demasiado poco para los verdaderos inventores del fútbol total. Entonces la pregunta es clara, ¿que pasó con el fútbol en Hungría para pasar de ser subcampeones del mundo hasta quedar relegado a un papel secundario o hasta terciario a nivel internacional?

Es difícil encontrar una respuesta a esta pregunta si echamos la vista atrás en el tiempo. Su primer gran éxito llegó en 1938, cuando fue capaz de plantarse en la final del Campeonato del Mundo celebrado en Francia y que se solventó con la victoria de la selección italiana por 4-2. A pesar de aquella derrota, el combinado húngaro, que participó con un equipo bastante joven, sacó conclusiones positivas de cara a futuras ediciones. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial motivó que se paralizaran todas las competiciones y Hungría perdió una de sus mejores generaciones. Aunque su forma de trabajar había abierto una importante vía hacia el éxito y en 1948, cuando la FIFA planteó recuperar el Campeonato del Mundo, comenzó su época dorada. Entre 1948 y 1956 Hungría disputó 52 partidos internacionales y tan solo perdió uno: la final del Campeonato del Mundo de Suiza ante Alemania Federal. Aun así causó sensación su manera de afrontar el fútbol. “Todos los que los vieron sobre el campo coinciden en una cosa: Su excelso juego. Su fútbol era un adelanto a la época y es en ocasiones comparado por los entendidos con el fútbol de la actualidad. Los apoyos eran cortos, los intercambios de posición, casi constantes, la circulación del balón era a una velocidad que tardó décadas en igualarse. Por muchos y más motivos, su fútbol es considerado como el precursor del fútbol total”, refleja la Wikipedia.

La ‘tramposa’ Alemania

Fue en esos momentos cuando dos hechos golpearon a la selección húngara y, según muchos expertos, acabaron siendo factores decisivos en el declive del fútbol del país magiar. Uno fue la final perdida ante Alemania Federal en 1954. Aquel duelo se disputó con los húngaros como grandes favoritos ya que ambos contendientes se habían visto las caras en la fase de grupos en un choque que se solventó con la victoria de Hungría por un contundente 8-3. La gran final arrancó de forma esperada, esto es con los húngaros arrollando. Con goles de Puskas y Czibor y cuando apenas se habían disputado diez minutos, Hungría tenía encarrilado el partido. Sin embargo, un gol de Morlock y dos de Rahn permitieron a los germanos dar la vuelta al electrónico y proclamarse campeones del mundo. Desde el mismo momento en el que se pitó el final del partido la selección de Hungría lo tuvo claro: “Se han dopado”. A pesar de ello poco se pudo demostrar sobre esas acusaciones de los húngaros. Hasta 2010, cuando un estudio de la Universidad Humbdolt de Berlín reveló que el Bundesinstitut für Sportwissenschaft (BISp) financió, apoyó e instruyó médicos, entrenadores, deportistas y dirigentes en lo que puede considerarse como sistemático dopaje de Estado en Alemania Occidental durante décadas.

Entre los deportistas y eventos susceptibles de haber incurrido en dopping estaba la final del 1954, una final que es conocida como el “Milagro de Berna” pero también como la “Final de las jeringuillas” ya que Walter Bronimmann, limpiador de los vestuarios en la final, declaró haber encontrado jeringuillas que contenían “algo que debe estar prohibido”. E incluso los médicos de la selección alemana confirmaron que los futbolistas se habían inyectado Vitamina C, una sustancia que fundamentalmente se ingiere oralmente. El estudio de Humbdolt reveló que “las ampollas podrían haber contenido metanfetamina pervitina, una droga psicoestimulante que permite superar las capacidades físicas y mentales, que aumenta la agudeza mental, retarda el agotamiento, facilita la concentración, da confianza y combatividad”. Además, algunos jugadores de la selección germana sufrieron de hepatitis y cirrosis, lo que fue atribuido a la falta de higiene en las inyecciones.

Al margen del presunto dopaje de la selección alemana en la final del Campeonato del Mundo, Hungría también tuvo que superar los problemas políticos que asolaban al país y que, en 1956, motivaron que algunos futbolistas como Puskas aprovecharan un partido de la Copa de Europa entre el Athletic Club de Bilbao y el Budapest Honved, equipo que era la base de la selección húngara, para darse a la fuga y no regresar a Hungría. Algo que supuso el principio del fin para los magiares mágicos.

A partir de ese momento, Hungría comenzó un progresivo declive que la llevó de ser subcampeona del mundo a ser la número 87 del mundo según el ranking FIFA. Y ahora, tras 44 años de ausencia, los nuevos magiares mágicos estarán en la Eurocopa de Francia 2016, y aunque parezca improbable que puedan sorprender a los gigantes del fútbol europeo muchos soñamos con ver a Hungría en la élite de nuevo. A fin de cuentas, ellos inventaron el fútbol total.

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