Canalladas: Gloria y final de ‘Ringo’ Bonavena, leyenda pugilística argentina

Ringo Bonavena

Poco podía imaginar Ringo Bonavena cuando peleaba con Muhammed Ali luchando por el título mundial en 1970 que solo seis años después iba a morir acribillado por el sicario de un mafioso en el párking de un club de alterne.

La vida de Óscar Natalio Bonavena nunca fue fácil. Fue el octavo hijo de los nueve que tuvieron Vicente Bonavena y Dominga Grillo, cabezas de una familia muy humilde que en ocasiones rozó la pobreza. “Una vez tiré de la cadena y se cayó el depósito, de puro podrido”, recordaría el argentino algunos años más tarde. Forjado en la calle, Bonavena y su familia se trasladaron a Parque Patricios cuando este era muy joven. Fue allí donde nació su amor incondicional por Huracán, el equipo representativo de este barrio de Buenos Aires.

Tras abandonar la escuela en sexto grado comenzó a trabajar en diferentes oficios con el objetivo de llevar dinero a casa. Así, ejerció de picapedrero, ayudante de carnicería y hasta de repartidor de pizzas. Mientras tanto, Bonavena practicaba el boxeo con el objetivo de convertirse en profesional de este deporte. Así, en 1959 se proclamó campeón amateur de Argentina y poco después se convirtió en boxeador profesional, y aunque perdió su primer combate, rapidamente logró sus primeros éxitos mostrando un estilo valiente y agresivo. Precisamente esa agresividad le costó varios disgustos. Como el que sufrió en 1963 durante los Juegos Panamericanos. Durante una pelea con el estadounidense Lee Carr se vio superado por este y, lleno de furia, le mordió en el pecho en pleno combate. Bonavena fue descalificado y castigado por la Federación de Boxeo de Argentina.

A pesar de haber sido apartado por la federación de su país, Bonavena tuvo claro que sus siguientes pasos en el mundo del boxeo tenían que ser en Estados Unidos, por lo que tras la sanción en Argentina se mudó hasta el país norteamericano en busca de gloria. Junto a su hermano José y un puñado de dólares, aterrizó en Nueva York, donde comenzó a ser conocido debido a su pegada. Su fama fue en aumento y pronto empezó a ser conocido como Ringo en el mundo del boxeo en honor a Ringo Star, a quien idolatraba. Y tras hacerse un nombre decidió convertirse en leyenda. En 1965 se desplazó hasta Buenos Aires para medirse a Gregorio Goyo Peralta, campeón argentino de los pesos pesados y gran ídolo de todos los argentinos. El combate llegó muy caliente ya que años antes Peralta había hecho unas duras declaraciones contra Bonavena y este, herido en su orgullo, había provocado a su rival hasta límites insospechados en las semanas previas al combate. Ni qué decir tiene que el Luna Park, el recinto que albergaría el evento, tenía su aforo completo. Ringo subió al ring mientras era abucheado por la inmensa mayoría de aficionados presentes. Dieciocho minutos después, Bonavena ya era leyenda en el boxeo argentino tras derrotar por KO a Peralta gracias a un golpe seco con su mano izquierda.

Tras recibir un homenaje de los aficionados de Huracán, Bonavena regresó a Estados Unidos para proseguir con su carrera. Allí comenzó a pelear con las estrellas del momento. Y lo hizo con buenos resultados como las victorias ante el campeón canadiense George Chuvalo o ante el alemán Mildenberger. También se enfrentó a Joe Frazier, a quien tumbó en dos ocasiones en la primera vez que se enfrentaron. Pero su combate más importante tuvo lugar en diciembre de 1970, en el Madison Square Garden de Nueva York, cuando puso en jaque al mito Muhammad Ali. Ali era el principal favorito para llevarse la victoria, no en vano se medían el mejor púgil de la historia contra un aspirante más en busca de su gloria. Eso sí, Bonavena demostró que no se amilanaba ante nadie y durante los días previos a la pelea se dedicó a provocar a Cassius Clay. Durante el combate el argentino llegó a tumbar a Ali y aguantó estóicamente catorce rounds antes de caer en el decimoquinto. “Pocas veces se ha podido ver una muestra de coraje como la que ha dado hoy Ringo”, señaló Ali tras la pelea.

La decadencia de Ringo

Sin embargo, no todo fue bonito para Bonavena, quien desde que arrancó su carrera como boxeador había comenzado a tener mucho dinero, algo que le llevó a desarrollar un gusto por el lujo que cada vez le costaría más mantener. Durante sus años de fama, Ringo peleó pero también se dedicó a otros menesteres como actuar en películas y hasta grabar una canción (Pío, Pío, Pá), que se convirtió en un éxito popular. Su carisma también le ayudó para ganarse el cariño de sus seguidores. Y su franqueza le hizo ganarse enemigos. Así, en 1969 dijo que había participado en combates amañados, algo que motivó que la mayoría de los empresarios del boxeo le dieran la espalda. A pesar de esto, Bonavena no cejó en sus críticas al boxeo y a varios de los organizadores de combates. “En esta última pelea con Frazier me hicieron saber que iban a sobornar a los jurados para beneficiarme. Sólo querían que el combate durara los quince rounds para beneficio de los organizadores por las tandas publicitarias de la televisión. Detrás de todo esto se mueve un mundo de apostadores que buscan contactos no muy limpios que les permitan asegurar inversiones”, aseguró en 1969.

Tras el combate ante Muhammad Ali, Ringo se convirtió en un trotamundos del boxeo y fue deambulando de país en país mientras su carrera iba cuesta abajo y sin frenos. Así, tras pasar una temporada en Argentina, Hawai e Italia, Bonavena regresó a Estados Unidos en 1976. Su destino fue Nevada, donde tenía firmadas varias peleas con el promotor de Puerto Rico José Montano. Sin embargo, este vendió el contrato de Ringo a Joe Conforte, un hombre de origen siciliano, residente en Las Vegas que estaba relacionado con la mafia y el mundo de la prostitución. Conforte regentaba el Mustang Ranch, un lujoso burdel ubicado en Reno, junto a su esposa Sally. Allí era donde Bonavena tendría que disputar su último combate en febrero de 1976 ante Billy Joiner, al que derrotó por puntos. “Nunca me sentí tan mal en la vida. La gente cenaba, se reía y nosotros nos peleábamos; parecía el circo romano. Yo no quiero esto, quiero una pelea grande, en serio, no sé qué carajo hago acá”, le explicó Ringo a su esposa Dora.

Y ese fue el principio del fin. Tras romper con su mánager, Bonavena se comprometió con Sally Conforte ya que su marido Joe no podía serlo al haber estado en prisión. Con sesenta años, sobrepeso y una cojera fruto de un accidente, Sally era, cuanto menos, peculiar. Firmaron un contrato por dos años por el que Bonavena recibía 7.000 dólares y se comprometía a pagar el 10% de su bolsa a Conforte; además, Sally le regaló 3.000 dólares de su propio bolsillo. En esos meses le hablaron de pelear contra Muhammed Ali en Guatemala, contra el español Urtain, contra Ken Northon en Las Vegas… pero al final, por un motivo o por otro, ninguno de estos combates llegó a concretarse.

Desde el primer momento Ringo y Sally se llevaron bien y pasaban mucho tiempo juntos. Se hicieron muy amigos y eso disparó todo tipo de rumores y la ira del mafioso. Y entonces empezaron los problemas. Entre el 15 y el 20 de mayo se produjeron varios incidentes y amenazas entre Ringo y los guardaespaldas de Joe Conforte que ya hacían presagiar lo peor. Así, el boxeador le comunicó a su mujer que el domingo 23 de mayo regresaría a Buenos Aires, aunque antes tenía algo que arreglar. Lo que Bonavena quería recuperar era la copia de su contrato para quedar totalmente liberado de los Conforte. Con ese objetivo se acercó al Mustang Ranch el sábado 22 de mayo. Allí ya tenía prohibida la entrada. Hacia las 6:15 de la mañana caía abatido en las inmediaciones del prostíbulo por los disparos de Williard Ross Brymer, guardaespaldas de Joe Conforte. Una bala destrozó el corazón de Bonavena. Brymer alegó que no tenía intención de matarle, solo de ahuyentarle, por eso solo pasó quince meses en prisión acusado de homicidio involuntario.

Sea como fuere, a los 33 años llegó el final de la vida de Óscar Bonavena, quien sería enterrado en el cementerio de Chacarita, en Buenos Aires. Allí, 150.000 personas se despidieron de él y cubrieron el féretro de claveles rojos. La tribuna local del Club Atlético Huracán, una estatua en Parque Patricios y una calle de Buenos Aires llevan su nombre, recordando las hazañas de un hombre que se convirtió en leyenda.

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